Desmontando a Frankenstein

Frankenstein de Mary Shelley (aunque al principio fue firmada por su marido Percy) es una de las novelas más exitosas del romanticismo y conserva su fama gracias a que constituyó una revolución tanto en el género novelístico como en la forma de ver la literatura en general. Debido a las novedosas características que presenta su historia, ha sido objeto de diversas adaptaciones y representaciones que la conservan en nuestra memoria colectiva, aunque de forma distorsionada y deformada en algunos puntos clave, transformando tanto su trama como sus personajes. El objetivo de este texto es desmontar los mitos surgidos contrastándolos con la novela original y explicando su origen o procedencia.

En primer lugar, nos encontramos con el personaje que, aunque no es realmente el protagonista, es sin duda el más famoso. Es comúnmente representado como un monstruo verde con tornillos en el cuello y con las extremidades cosidas de manera grotesca, y solemos referirnos a él por el nombre de “Frankenstein”. En realidad este no es su nombre sino el apellido de su creador, y es que la criatura no tiene uno propio. Tampoco es verde, sino que su piel es descrita como amarillenta y traslúcida. Esta representación se originó con la adaptación cinematográfica de la novela por Universal en 1931, que era en blanco y negro. Para darle al personaje una apariencia fantasmal, Karloff, el actor que lo representaba, fue pintado de verde grisáceo. Cuando el color llegó a la pantalla, el maquillaje salió a la luz, dejando en nuestra memoria esa imagen del monstruo verde.

Psicológicamente encontramos en el libro una versión muy diferente de la criatura a la encontrada en las películas. Es normalmente imaginado como una criatura torpe, con dificultades en el habla, dependiente y más bien estúpido. Nada más lejos de la realidad, ya que en el libro es descrito como un ser sobrenaturalmente ágil, elocuente, persuasivo e increíblemente inteligente, hasta el punto de ser capaz de aprender inglés, historia y geografía, y de trazar planes de venganza y supervivencia. Estas cualidades fueron suprimidas en la obra de teatro “The Fate of Frankenstein”, escrita por Richard Brinsley Peake en 1823, creando una versión del monstruo que perdura hasta hoy.

Encontramos diferencias también en su creador, Víctor Frankenstein (no Henry Frankenstein, como es llamado en la película de Universal). Se lo conoce por ser un científico loco que, en el ático de su castillo, juega a ser Dios y encuentra la forma de reanimar cadáveres con corriente eléctrica. Hay varios errores en esta definición, y es que Víctor no es un científico loco que vive en un castillo (otro mito de Universal), sino un universitario que, afectado por la muerte de su madre, trata de aprender sobre lo definitivo de la muerte. No vive en Transilvania como representado en “Young Frankenstein”, sino en Ingolstadt, en Alemania. Tampoco está confirmado que dé vida al monstruo con electricidad, ya que Victor se niega a compartir su secreto por miedo a que alguien lo usara para crear más seres. Sin embargo la electricidad fue usada tanto en la versión de 1931 como en algunas más recientes como la de Kenneth Branagh, o Frankenweenie, de Tim Burton.

Víctor crea a la criatura desde cero y sin ayuda, al contrario que en diferentes versiones en las que lo vemos acompañado por un sirviente llamado Igor o Fritz, servicial, más bien tonto y de complexión encorvada. En “Young Frankenstein’’ este ayudante es el causante de que el monstruo sea despiadado, ya que pierde el cerebro de genio que originalmente debía ser usado y coge un cerebro “anormal” en su lugar. En contraste, en la novela su cerebro es perfectamente normal y solo se vuelve cruel ya que no recibe amor, solo el desprecio de la sociedad y, aún más traumático, el de su creador.

Por todos estos motivos es por lo que creo que realmente merece la pena leer la novela original, ya que se le atribuye a Mary Shelley una trama y unos personajes que apenas son una parodia de los que ella creó, mucho más emocional y psicológicamente complejos con deseos y ambiciones racionales, no fruto de la locura o de la casualidad.

Victoria Guzmán Clemente. 1º Bach. C

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