Librarium Innovated: Señora de rojo…

Ahora solo es un fondo gris, sin señora de rojo

Y pues claro que la muerte es inevitable. Pero la cruda realidad es que, sin tu madre, vivo, pero vivo sin más. Siempre creí que el primero en sucumbir ante la oscuridad iba a ser yo, y por ello nunca imaginé una vida sin ella, sin su luz, sin su risa, sin sus buenos días. Nunca imaginé una vida con la cama tan vacía, una casa con tantos espacios muertos. Si alguien debía irse, debía ser yo. Ana era indispensable para ti y tus hermanos, para la niña, para Primo, para sus conocidos, para aquellos que le pagaban el autobús, para los que se quedaban fascinados a través de sus conversaciones telefónicas, para aquellos que compartieron un segundo de su vida al cruzarse en su camino. Era indispensable para mí. Sin embargo, mi pérdida, hubiese sido llorada, pero el mundo no se vendría abajo como está ocurriendo sin su presencia. No soy vital, necesario, como ella lo era.

Ahora te estoy viendo entrar en la casa a la que tanto esfuerzo le dedicó tu madre, en la que planeamos envejecer.  Te estoy viendo, y por primera vez desde que se fue, no a causa del alcohol ni de los sueños, la veo a ella. Desde que naciste, en todos nuestros viajes por Europa, adoraba decir con los que conversaba en las galerías que poseía un clon, con su mismo nombre, con su misma sangre. Incluso, cuando Leo y tú estabais en la cárcel, le encantaba explicar que tenía una hija que no solo era bella, sino una luchadora innata con una ideología inquebrantable, como ella lo había sido. Eres su más vivo retrato, tanto en carácter como en belleza, y al observarte ahora, encuentro un alivio que, si bien no elimina mi dolor y mi nostalgia, lo templa. Y es que el pensar que, no solo tú, sino que también tus hermanos habéis heredado sus rasgos, habéis aprendido de ella su peculiar forma de vivir, que su legado sigue vigente a través de vosotros, eso, me consuela.

Quizás Alicia llevaba razón. Quizás lo mejor es que todo haya sucedido así, evitando que su belleza se fuese esfumando con el paso de los años. Recuerdo el día en que se fijó que tenía una cana. Fue poco después de que el dolor de hombro comenzase. No tardó ni un segundo en salir del baño en busca de la primera peluquería que encontrase, y en ese segundo le dio tiempo a cambiar a la niña, a maldecir el paso del tiempo, a llamar a Alicia para relatarle su desgracia, a concertar su próxima cita con el doctor por su creciente malestar y a buscar la localización de sus peluquerías de confianza. Todo eso en un segundo en el que yo la observaba deseando únicamente que su dolor fuese efímero, en el que la observaba deseando poder ver algún día todo su pelo de color nieve, su rostro como los ríos del mapa y con una espalda ya algo curvada. Qué egoísta fue por mi parte al dejar de lado que para ella no había mayor desgracia que la de marchitarse.

El día de su entierro, en su pelo no se veía ni una cana. Es como si se hubiesen esfumado, se hubiesen escapado para que ella pudiera irse en paz. Estaba muerta, pero estaba bella. Nunca perdió su belleza, desde que la conocí a los dieciséis años hasta el momento en el que fue sepultada bajo tierra, pero en su momento final perdió la luz. En la misa oficiada por Julio Bartolomé todos lloraban. ¿Y cómo no iban a llorar si estaba ante ellos la mujer más revolucionaria sin causar revolución?  Fue ese día el último en el que mis labios rozaron su piel. Pero esta vez no saborearon su calor y su fuego, se la encontraron gris y fría. Y fue justo en ese momento en el caí en la cuenta que ya no había rojo sobre el cuadro, que el calor se había ido y que solo quedaba el fondo gris, que solo quedaba el frio. 

Pero un día la volveré a ver, no a causa del alcohol, del sueño o de su reflejo en ti. El día que la vuelva ver echaré de menos esta casa y mi estudio, tan minuciosamente diseñados por las laboriosas manos de Ana. El día que la vuelva a ver echaré de menos a la niña, la que fue nuestra alegría cuando las noches comenzaban a decaer, la que nos aportó esperanza sin ella pretenderlo. El día la vuelva a ver te echaré de menos Ana, a ti y a tus hermanos, a quieres he visto nacer, crecer y madurar, a quienes he amado y por quienes he reído y llorado. Tanto vuestra madre como yo estamos orgullosos de cada uno por ser quienes sois y estoy agradecido por haber formado una familia con una mujer extraordinaria. El día que la vuelva a ver, yo me habré ido y me habré ido con ella. Pero es que solo ese día, podré volver a pintar. Y pintaré mi último cuadro. Los ángeles bajarán por última vez. 

Lucía Cid Chaves. 2º Bach. A.

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